Comienza la noche gatuna, la escritura de hojas en blanco que arrebatan mis pensamientos y mis horas de sueño. Que los dedos sangren al parir las obras, esas que no verán otra la luz que no sea la de mi lámpara de mesa.
5,4,3,2,1 y se hizo la media noche, el principio de una feroz madrugada. Porque en estas horas nacerán letras oscuras, vacías para quien las lea y tan cargadas por quien las escribe.
Esta noche no hace falta café, se me antoja un brandy muy dulce, dulce como la etapa de la inocencia, pero ni inocente ni brandy, sólo las letras a secas, sólo el Diazepam que presume de hacerme dormir dentro de una hora. Ja, hace una semana que una pastilla no basta, pero que el neurólogo dice que las pastillas sólo hacen el treinta por ciento así que el setenta restante del trabajo sucio lo tengo que hacer yo misma, ja! Como si se pudiera.
Lo que traigo es una maleta muy pesada a cuestas, emociones y sentires que nada tienen que ver con la migraña diagnosticada; insisto, quiero un brandy seco - y digo seco para que suene a lenguaje de escritor de mundo. Pero ni bebo mucho, ni soy de mundo, ni escritora.
Entre situaciones que son y que no, el antojo inexplicable de un buen brandy que alguna vez probé se vuelve intenso, el insomnio al que quiero cambiarle de nombre ya se siente en la habitación y en el nerviosismo de mis letras al plasmarlas.
(Y entre líneas entiéndase que he vuelto)
Mily Murillo
