lunes, 14 de julio de 2014

Autenticidad


Sabemos que todos somos "únicos" que no hay nadie como uno mismo, pero entonces, ¿Por qué vamos perdiendo la AUTENTICIDAD? ayer vi una película un tanto sosa, pero el mensaje era muy claro: el personaje era feliz y lo era a través de su autenticidad. Llevando esto a mi persona me permito aceptar lo difícil que resulta ser auténtico cuando eres parte activa de una sociedad, es decir, desde mi punto de vista los "límites" los "parámetros" son inherentes a la sociedad. Si nuestra forma de ser y de pensar no van de la mano con nuestro actuar, nos vamos moldeando en esos parámetros que rigen a una sociedad, son límites que nos van mellando lo auténtico de nuestro ser


Me pregunto¿qué tan fuerte puede ser el deseo o la necesidad de pertenecer a un determinado grupo, si pasamos por alto todo aquello que nos hace ser auténticos por el simple hecho de que los parámetros indican que "nos salimos de lugar"? Pero al final de cuentas la sociedad somos nosotros mismos, fuimos restándole importancia, valor y cualidad a todo aquello que nos hace diferir uno de otros, para vernos enajenados y bajo un mismo perfil.

Perder la autenticidad nos lleva a una enajenación tan delirante como absurda, 

Saludos, excelente semana amigos lectores. 

miércoles, 9 de julio de 2014

Remembranzas



Una tina de plástico, lo suficientemente grande para que una niña de 10 años entrara, unas cuantas muñecas, un barco de plástico color rojo con azul y muchos globos para llenarlos con agua... esa era la alberca perfecta en mi infancia.  La bandeja puesta a mitad del patio, mi mamá haciendo sus quehaceres, la música en turno retumbando por toda la casa, en veces con una pierna dentro y otra fuera de la tina, en veces ambas piernas colgando por el borde, en veces las dos piernas enmarañadas dentro de la pequeña tina, pero lo que nunca faltaba era mi monólogo, como público tenía a los tulipanes rojos y amarillos, al naranjo, a las muñecas que también disfrutaban del baño, a algunas avecillas que cantaban sobre el gran palo de aguacate.

Un monólogo que me tomaba horas, pues cómo no, si en él contaba de mis viajes a España, de que yo era una gitana, que ya había escrito un libro y por él viajaba a todos los lugares del mundo. También contaba de los viernes por la tarde, que era mi momento favorito de toda la semana; mi padre llegaba por ahí de las cuatro o cinco de la tarde, después de toda la semana fuera por su trabajo, llegaba cargado de delicias: frutas, dulces, galletas, y... lo más divertido de todo, las bolsas de sus pantalones cargados de monedas que iba acumulando en todos esos días. El ritual consistía en esperarlo horas en la entrada de la casa, y cuando él se asomaba yo gritaba un fuerte ¡Papiiiiiii! al tiempo que corría hacia él, en tanto mi papá tiraba las maletas y se preparaba para mi salto hacia sus brazos. Después de eso, saludaba a mi madre- sin que yo me le despegara claro está- entonces lo hacía que se sentara, le quitaba las botas y los calcetines, iba por las sandalias y el momento tan aclamado llegaba, él se levantaba y dejaba que le metiera mano en sus bolsillos, yo sacaba y sacaba monedas de todas las denominaciones, contaba el dinero y mi papá preguntaba cuánto era, yo siempre le contestaba: secreto, y con esto, iba hacia mi alcancía y ésta se hacia más rechoncha cada fin de semana. Mi ahorro era muy bien custodiado por "Chevo" el cochinito de barro color naranja con flores dibujadas. Cuando ya tenía una suma considerada, invitaba a mis padres a almorzar o a cenar, casi siempre era para eso. Ya cuando estaba en el bachillerato, mi papá me confesó que no siempre lograba juntar suficientes monedas, así que antes de llegar a casa cambiaba un billete por sencillo y de esta manera continuar con esa tradición de padre e hija. 

Bueno, que hablábamos de mi monólogo en mi tina de baño en medio del patio, pues que eso le contaba a las plantas y las muñecas, mientras mi mamá me llevaba rebanadas de sandía o melón fresco, alguna paleta de hielo o un raspado. Crecí siendo hija única, así que mis juegos eran muy solitarios pero desbordantes de fantasías. en los días que no estaba metida en la tina, limpiaba bien el corredor de la casa que tenía un piso muy liso, y entonces traía la manguera, he de confesar que para ese entonces, no era nada ecologista, gastaba mucha agua, pasaba horas y horas con la manguera abierta mientras el corredor se llenaba de agua donde simulaba nadar en un gran lago. A estas andadas mi madre se unió muchas veces, esto en épocas de calor.

Para los meses de frío,.tenía una particular forma de divertirme; me vestía  con la ropa de mi mamá, aretes enormes, collares, pulsos, zapatos de tacón bastante altos, y por supuesto, mi cara lucía un impresionante maquillaje. Contaba con muchas bolsos que ya no usaban mi mamá o tías, me colgaba de a dos o tres, y todos ellos con cientos de artículos dentro: teléfonos, carteras llenas con billetes de juguetes, piedras haciendo de monedas, libretas, colores, libros, abanico, labiales, y muchas cosas más. Me dedicaba a darle una vuelta tras otra al rededor de la casa, entraba y salía de ella, siempre "hablando sola", pero claro, si yo tenía que contar mis viajes a España e Italia- sí, son mi fijación- y del guapo novio que se convertía en un Rey.  Mi madre de vez en vez me atrapaba para acomodar mi abrigo, tocaba mi nariz, dependiendo de lo frío que estuviera era si seguía afuera o no. 

Ah, por supuesto que tenía una kodak que ya no servía más que para mis juegos, oh, cuántas fotos no tomé con ella, que si hubiera servido, los álbumes no me alcanzarían. 

... 

¿Qué me trajo a estas remembranzas? 

Uno de esos momentos en que los adultos solemos espantarnos de la realidad, del tiempo, del espacio, de lo cotidiano, de los problemas, de ser mayores frente a un futuro, nada más.  Y vale ir a por aquella niña que fuiste para que te abrace el alma. 


Mily Murillo.