La lluvia inició a las seis cuarenta de la tarde, justo antes de que el cielo apagara sus luces y pretendiera colgar su linterna, ahora está oscuro y sin luna; sigue lloviendo y yo en esta oficina donde el eco del bullicio de todo el día golpea en las paredes vacías. Observo los escritorios vacíos, los ordenadores apagados, los artículos de apego de mis compañeras: a lado del teléfono, sobre el archivero o colgados de sus máquinas.
Inevitablemente el recorrido termina en mi espacio; el ordenador parece árbol de navidad con mil y un post-it repletos de actividades, en el carrusel porta lapiceros y demás accesorios de oficina guardo una rosa artificial muy mona- y más por el cariño hacia la persona que tuvo el detalle-, abajo de la repisa de vidrio de mi escritorio está un recipiente circular que originalmente sólo era de clips de colores y que ahora mis compañeras asaltan de vez en vez porque se ha convertido en un mercado de pulgas- goma de mascar, brillo labial, pastillas de menta, analgésicos, monedas y lo que quieras proponer-, he de confesar que en las últimas semanas mi escritorio no luce tan ordenado como debería, hay un cerro de documentos a mi izquierda y tres a la derecha...
Pudiera continuar con el escrutinio, pero necesito saber si ha parado de llover, por más que agudizo el oído no puedo detectar si hay alguna llovizna aún; ¿Qué si no tengo trabajo por qué no me voy a casa?, quisiera saberlo, pero hay un revoloteo en mi mente y en mi estómago que me impide alejarme del teclado. Tengo la sensación de querer pronunciar una palabra, un término, un nombre, pero sucede como esas veces en que lo "tienes en la punta de la lengua" y no termina por definirse. Estoy cansada, pero quiero hacer este ejercicio de redacción, quiero que mis dedos produzcan una y otra vez el sonido de las teclas oprimidas, quiero que mis ojos no paren de ver las palabras reproducirse hacia la derecha, pausadas con comas, con puntos, estrechadas entre comillas, paréntesis, pero siempre hacia la derecha, creándose entonces una cascada de ideas, porque para este momento ya no veo el teclado, sólo me concentro en ver las palabras accidentadas en el cuerpo de esta entrada.
Ha dejado de importarme la lluvia, quiero ir a otro lado, no físicamente, en mi mente, en mis líneas; quiero sumergirme a las aguas azules de un mar, quiero volar en las alas de un halcón, quiero montar un caballo pura sangre, quiero echarme a correr por los senderos de una hacienda de siglos pasados, quiero saludar a la doncella, quiero hacerle reverencia al rey a la reina, quiero ser súbdito, quiero ser princesa, quiero ser el cause del arroyo en una aldea del oriente, quiero ser la brisa de una noche con luna tierna, sutil, creciente...
Y los minutos se vuelven nada, el tiempo baila al son de mis palabras- y del trueno que se acaba de escuchar muy cerca- mis manos comienzan a sentir cansancio, mis dedos se entumen, no puedo detenerme, no puedo callar las palabras en mi mente, quién me pide eso- nadie- pero mis dedos dicen basta. ¿Cuántas palabras por minuto? no se me ocurrió tomarlas, no era la intención. Lo que me preocupa es que mis dedos no respondan y entonces me dejen a medio bosque, donde el lobo está aullando, o peor aún, que no pueda salir de las profundidades del mar y me tenga que topar con una sirena, me hipnotice con su canto y entonces cuando quiera contarle al resto de los mortales mi hazaña las palabras se vuelvan rebuscadas, comience a hablar otro idioma y a cubrirse mi piel con escamas...
Mily Murillo