Con las primeras luces de la mañana caminé hacia la playa, con un frío poco común en la isla, me dispuse a remojar los pies-y el alma- en las aguas melodiosas que tenía ante mis ojos.
En la orilla encontré caracoles y conchas de todos tamaños y colores, pero tambièn encontré el camino hacia adentro, ese camino que pocas veces andamos.
Las gaviotas decoraban los aires, una lancha irrumpió el escenario, más adelante, sentando a la orilla, un señor con aires de sabiduría, con la piel curtida por la sal y el sol, un pescador, un hombre que como yo, miraba el mar, escuchaba las olas y ve tú a saber en qué pensaba.
Nos dimos los buenos días y cada quién siguió en sus pensamientos; los míos giraban por el mes de febrero, sí, los chocolates y las flores de los enamorados, me provocaron una ligera temblorina, estaba sola, mi segundo año sola y extrañando a quien me arrancó el corazón y lo tiró en un camino del desierto.
Para abril y mayo, el sabor de la ausencia era menos amargo; mi vida siguió el curso natural, trabajando, conviviendo con mi familia, con unos cuantos amigos, leyendo, escribiendo... soñando.
Qué rico es soñar, volver a sentir el calor del horizonte, sin nubes, sin lluvias, sólo el sol y los sueños. Junio y Julio me trajeron la ilusión de agosto... mi cumpleaños.
Porque dos años atrás no amaba tanto mi vida como lo es hoy en día, porque daba por hecho cada amanecer, cada respirar. Por el mes de agosto me encontraba, cuando al llegar a la vuelta de la playa, en la zona del dragado, vi el cielo tan azul en comunión con el mar, vi las aves revolotear a mi alrededor, vi mi reflejo en el charco de agua, ahí entre caracoles, algas y esperanzas.
Me senté a un lado del charco-espejo, respiré profundo, cerré mis ojos y abrí el alma... se fue, se fue náufraga entre las olas, el aire me la devolvía de vez en cuando; en ese ir y venir, seguí recordando.
En octubre refrendé las promesas con mi persona, "estoy más para allá que para acá" me repetí durante ese mes; las dudas me asaltaron, la inseguridad quería reposar en mis decisiones, pero no, no hay cabida en mi vida, yo voy hacia el frente, y nada me detiene, es lo que me repetía.
Las olas, plácidas descanzaban en esa orilla, "mi orilla" esta mañana, ya para ese rato el alma mía era amiga de un delfin y de un pelícano que compartían desayuno. Noviembre, para esos días, estaba inquieta por las dos fechas que visten de amarillo las muertes de los seres queridos, fechas que le ponen dulces y pan a nuestras penas. Pero al terminar el mes, me quité el negro luto y me vestí de dorado.
Sí, para mí la época decembrina es de color oro, y valen como tal los recuerdos de mi infancia, recuerdos que atesoro.
Hoy estoy esribiendo la última página de este libro, un tomo de 12 capìtulos, páginas que tienen escritas la vida en verso, los versos de mi respirar, los versos de mi soñar constante, de mi renacer.
¡Hey, ven aquì! le grito a mi alma, èsta regresa a mi cuerpo, ligera, sin penas, ha tirado en el fondo del mar el equipaje repleto de todo lo que no me sirve...
De regreso, memorizo aquella sensación de paz, de armonía... y recuerdo que hoy, en la campanada número doce, se despliega ante mi un libro nuevo, doce capìtulos completamente en blanco donde escribir el presente con tinta de fe y esperanza.
¡Ah!, el señor a la orilla de la playa, se adentró al mar sin mirar atrás, las olas lo abrazaron y lo llevaron consigo, no era un pescador, aquél señor que me brindó los buenos días, era el alma del año viejo.
__________________________
Felicidad y bendiciones a sus vidas,
mi corazòn les abraza...